
Que no se detenga el tiempo
Yo quería cambiar el mundo
Yo quería detener el tiempo
Yo quería derribar los muros,
abrir los caminos, unir los mares
Yo soñaba con bajar la luna
replicar la luz como los cristales
gritar verdades a viva voz…
Y el tiempo se detuvo
pero el tiempo no cambió
Se llenó de silencios, de sombras
Sólo se abrió un horizonte yermo
Cargaba entonces una maleta vieja
llena de sueños sin cumplir
Desvencijada
Olvidada
Rota
El reloj sin cuerda
y el mundo siempre girando
No sabía que había tantas manos
tejiendo lucha
No escuchaba tantas voces
gritando juntas
Ese llano estéril que se extendía hasta la línea del horizonte Era la coraza de un verde fértil
que crecía sostenida y sutil bajo la superficie
lista para irrumpir
Germinaban corazones bravos
echaban raíces, como trenzas,
los espíritus de las ancestras
y cuando nada lo anunciaba
y el mundo sólo giraba
brotaron como por embrujo
manos y gargantas
que sacudieron muros
y tendieron puentes
y surcaron océanos
y llenaron los cielos de palabras aladas
que, aunque se resistan, no puedes dejar de escucharlas
Ya podía deshacer la maleta
desempolvar sueños
revivir la llama apagada
de mis años jóvenes
de mi alma empeñada
No había terminado el viaje que nunca llegué a emprender y había dado por perdido, pero el mundo había cambiado y yo me sé parte de él
Del mundo
Del cambio
Del embrujo
¡Que ya no se detenga el tiempo! Ahora somos nosotras
quienes damos cuerda al reloj

Vimos a través de los cristales
a los árboles perder sus hojas
los cielos crepusculares
se fueron tiñendo de ocre
y las calles quedaron vacías.
Resonó el silencio
y se escondieron los sollozos.
Invadió el miedo y avanzó la soledad.
Los cristales se empañaron
y el silencio y el vacío se llenaron de frío.
El paisaje gris a través de los ojos turbios
de miedo, de lágrimas
se veía desde los balcones,
desde las ventanas,
en algún semáforo,
en las pantallas.
La calidez del beso, la ternura de la caricia
solo viajaban de palabra en palabra,
se enfrascaban en recuerdos,
se congelaban en fotos.
Y volvieron los cielos coloridos de la primavera
las pinceladas de los árboles en flor
el murmullo nítido de las aves
Pero la ciudad seguía sin ser la ciudad conocida
Las calles siguieron vacías
y las voces cada vez fueron más frágiles.
El frío se convirtió en fuego incendiario
de remembranzas y nostalgias
Y el paisaje seguía siendo gris
y las miradas seguían turbias
y los cristales seguían empañados
porque el calor de afuera
se estrellaba contra el frío del adentro.
Una primavera con sabor a invierno.
Un invierno con sabor a eterno.
Los frutos maduros del estío
debían esperar mucho más que un cambio de estación.
Tal vez regresen las oscuras golondrinas
y dejen en los balcones de flores tristes,
sus nidos colgantes…
O tal vez… no.
María Belén Estrella (Justo Daract, Argentina, 1983). Escribe desde muy chica, aunque siempre de manera amateur. Le gusta escribir poesía, cuentos, pero también ensayos sobre cuestiones políticas y sociales. Es docente en nivel medio y trata de poner en sus clases de geografía, historia y sociología, un poquito de arte, especialmente, arte latinoamericano. Actualmente está haciendo su tesis de maestría en comunicación institucional sobre medios alternativos y populares como espacios para que muchas más voces sean escuchadas.

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