Mariana Pou Moragues

Para mi padre.

Aquellos días de los que ahora hablo fueron marcados por una gran escasez. La ciudad se había vuelto hostil para la mayoría de los habitantes y muchos nos sentíamos rehenes en nuestras propias calles.

Éramos víctimas de la corrupción, de las leyes de abastecimiento incumplidas y los acaparamientos ilegales de insumos básicos. De un bando a otro, los dirigentes políticos se gritaban insultos y resquebrajaban el Gobierno. Facciones que se hacían llamar revolucionarias se reunían en las universidades y centros culturales. Proclamaban leyendas contra el Gobierno, el país, el sistema capitalista y las corporaciones mediáticas. Protestaban contra todo, sin distinguir nada.

En medio de este barullo social, mi padre y yo vivíamos el día a día. Yo trabajaba de mucama por horas, con el lema en alto de ser invisible, y mi padre era sereno en el edificio de una droguería. Juntábamos los ahorros en una lata de galletas y, gracias a un viejo aparato regalado, disfrutábamos el dudoso esparcimiento que aportaba la televisión de aire. Nuestras cenas más recurrentes consistían en una sopa de fideos; de vez en cuando, podíamos poner en ella algunas verduras.

La rutina en que estaban sumidos nuestros días a veces podía ser letal, entonces buscábamos nuestros abrigos y salíamos a pelearle al frío. Recuerdo aquellos como los inviernos más fríos, más duros y más pesados.

Congreso, donde vivíamos, era también el barrio donde mi padre pasó su niñez. Sus calles ya se hacían conocidas a nuestros pasos. Mi parte favorita era, sin duda, caminar por Callao hasta llegar a la plaza. Me quedaba mirando ya desde lejos sus faroles; con ese aire a Europa -el diseñador era italiano, leí una vez- y a cuento de hadas.

Las rampas del Congreso de la Nación fueron alguna  vez, explicaba mi padre, montañas que los niños del barrio trepaban trabajosamente las tardes de aventuras. En la inmensidad del parque, delante del edificio nacional, hubo  batallas, partidos de fútbol, carreras de carritos, altos acantilados encantados salidos de escenarios de Tolkien.

Con mi padre éramos dos invisibles la mayor parte del tiempo. Él estaba siempre a escondidas, en un cubículo aséptico y sin ventanas. Yo me movía por habitaciones ajenas, quitando polvo. Incluso paseando por la ciudad éramos dos invisibles. Como si estuviéramos hechos para ser material de ensueño y no de realidad.

Cerca de la pensión donde vivíamos había una oscura tienda de segunda mano. Vendían desde muebles hasta ropa, pasando por juguetes y, finalmente, libros. Los precios eran sumamente accesibles. Nuestro único derroche en medio de tanta escasez eran esos libros que traíamos de la tienda de caridad.

«Algún día entrarán y nos encontrarán muertos de hambre», decía mi padre, y sentenciaba: «¡pero habremos muerto con el espíritu bien alimentado!».

No estoy segura de cómo fue que empezó a caer todo. Recuerdo el día más frio del invierno y la nieve inesperada que cubrió la ciudad de blanco. Mirábamos en la televisión a los periodistas de los canales que mostraban las dos caras de los blancos copos: niños dando vida a muñecos de nieve en los parques públicos y gente muriendo de frío a la intemperie.

Ese fue nuestro último invierno en la ciudad.

La verdad es que nunca nos encontraron. Éramos invisibles y, a la vez, no nos faltaba nada para ser expresamente vívidos. Estábamos hechos de historias y en eso nos convertimos.

En algún momento, alguien notó que las noches del laboratorio no tenían quien las vigilara. En otro momento, otro alguien vio demasiado polvo acumulado en un aparador. Solo así supieron que nos fuimos.

Pero cuando dejamos la ciudad no nos alejamos demasiado. Nos fundimos y escondimos en cada recoveco de los que antes solo fuimos testigos ocasionales.

No. Este no es el final de nuestra historia; este es apenas el principio.

El libro se llama Barrio de Congreso, comienza con un hombre que trabaja de sereno en un edificio de laboratorio y en las horas diurnas es investigador privado. Su joven hija es mucama de una familia acaudalada y, una mañana, es la única testigo del asesinato del hijo menor de la familia.

La agilidad del intrépido investigador se pondrá a prueba corriendo contrarreloj con el afán de resolver el caso antes de que su hija sea considerada culpable del crimen. Persecuciones en automóviles por la Avenida Corrientes, disparos a medianoche entre los contenedores de Puerto Madero y encuentros con informantes en bares viejos de San Telmo serán algunos de los recursos a los que recurrirá el investigador para lograr, en menos de una semana, resolver un caso que moverá los cimientos de empresarios de la noche citadina, políticos con altos intereses económicos en la distribución ilegal de alcohol y un muerto que no puede hablar en defensa propia.

Así comienza. (Así comenzamos).

«La ciudad es más apacible de madrugada, cuando el hombre envuelto en un gabán negro camina lento por calle Junín de regreso a casa, un antiguo y acogedor departamento del barrio de Congreso…»

Mariana Pou Moragues (Viedma, Argentina, 1985). Correctora de textos, disfruta escribir literatura, si bien su trabajo se concentra más en textos académicos. Vivió durante cinco años en Buenos Aires, este cuento es una de las pruebas que tiene sobre ese tiempo.

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