
MIRADAS
“¿Qué le dirá a Dios este bandido?
Nada que Dios no sepa: que los hombres no matan porque nacieron asesinos, sino que son asesinos porque la sociedad en que nacieron les negó el derecho a ser hombres”. (Gonzalo Arango)
“Siempre me pareció trágico el destino de ciertos hombres que equivocaron su camino, que perdieron la posibilidad de dirigir la Historia, o su propio Destino” . (Gonzalo Arango)
Ambas tenían fijos sus refulgentes ojos en el infinito, aquella plácida tarde, sus deslucidos cuerpos se hallaban sobre las bancas, tendidos en la plenitud del Parque, de cara a la portentosa entrada principal de Nuestra Señora del Rosario, allí se erguía impávida e inmutable, entronizada en la techumbre de la vieja iglesia, la virgen figura, la cual reflejaba, su esplendor inmaculado. ¿Qué estarían mirando con sus miradas perdidas? ¿En qué o en quiénes?
Se arremolinaban centenares de palomas y el paisaje sosegado estaba colmado a una huella rara que produce el suave aroma de cenicientos días. Empero, el ambiente lo envolvía el estallido de arrebatadas pasiones, el jolgorio de la multitud dispersa, bailaban cual ritual dionisiaco las veteranas parejas —que han batallado contra los rigores de la vida y las tempestades del alma, bajo el influjo tembloroso de las ilusiones-; aun así, el despliegue de sus existencias cobra sentido y forma, entre y a través de los frenéticos movimientos, al imperioso ritmo de la música, la polifonía, inescrutable enigma.
Ambas tenían los cuerpos marchitos, que dejaban entrever el inexorable y devorador paso del tiempo, los cabellos lisos y blanquecinos, las espaldas de lomo fuerte y jorobada, pero sobre todo era en sus maltrechas y cicatrizadas manos donde se evidenciaba con mayor fuerza, las furiosas jornadas de trabajo. En el desgarrado silencio de sus almas, compartían el hálito imperecedero de inminentes luchas: anhelos, angustias y soledades eternas. Suena enloquecida una campana. De tanto en tanto habitaba en sus corazones, las canciones de otras épocas y las cobijaba el soberano manto de la nostalgia.
Se precipitaba la tarde en la noche profunda, entonces, se apoderaba la sombra de ambas, en sus cuerpos y desde antaño, de sus almas despojadas, antes que sol se ocultara, con ingente esfuerzo movían su humano sufrimiento, las carnes y tendones, la sangre y los nervios, se miraban, una enfrente de la otra, se reconocían, comprendían el ensordecedor lamento de su silencio y como símbolo de redención se abrazan solidariamente, el abrazo de aquel que padecía el mismo dolor. Una y otra vez, en cada tarde reafirmaban su reconciliación, la una junta a la otra y con el despiadado mundo.
Ambas tenían en sus atragantados corazones, y en sus recuerdos tan llenos de olvidos, la certeza al menos que, ambas se querían, vivían una al lado de la otra, muy a pesar de que sus hijos habían muerto, como toda muerte violenta, de una injusticia sin nombre, muy a pesar de que uno de estos había muerto en manos del otro, ellos no eligieron el crimen, no es cierto tampoco que este los haya elegido, pero estaban ungidos por el signo inexorable de una época y cedieron al llamado. Sin embargo, no es propio decir que fueron inocentes y serán otros en el instante propicio que, clausuren el tiempo que ya fue e inauguren una nueva era. Aun así, ambas se habían reconciliado bajo la penumbra del mismo dolor y la misma pena. Dos rostros heridos por la hondura de su amargura, y de los cuales, brota el fatídico poder de la esperanza, a pesar de su herida gangrenada.
Fray Esteban Atehortúa Aguirre (Medellín, Colombia, 1993): Escritor. Abogado, especialista en Cultura Política: Pedagogía de los Derechos Humanos y estudiante de octavo semestre de filosofía. Ha publicado cuentos, poesía y relatos en diferentes revistas literarias.











