Mónica Cataldo

SIN CONTROL

Le juro que yo no soy violenta. Tal vez un poco cabrona y mal hablada, pero jamás se me ocurrió que podía llegar a vivir una cosa así. No sé qué fue lo que desató esa energía y esa furia que me hizo actuar de esa manera. No puedo creer que esté tratando de explicar frente a usted lo que yo misma no entiendo.
Lo que sé es que no podía parar. Tenía una fuerza desconocida y una ira incontrolable. No pensaba…, no pensaba. Lo hacía y no podía parar. Tenía la fuerza hasta para zafarme de los que me agarraban para que deje de hacerlo. No, no encuentro justificación, ni razón para semejante acción. Yo la conozco, sí. Es una buena mujer. Pero sus modos son, en ocasiones, autoritarios o despectivos.


Ayer me sentí muy ofendida por una contestación desdeñosa que me dio delante de otros sobre lo que yo opinaba, dentro de un debate que se presentaba tranquilo. Me sentí ridícula. No sé ahora si fue su intención desmerecer mi participación, tal vez yo estaba muy susceptible. Me amargué la mañana después de eso y entonces empezó a aumentar mi irritación, me ganó la rabia y me la tuve que tragar. En ese momento no hice nada. Me suele pasar muchas veces que me enojan o me ofenden los ninguneos, me dura el mal humor unos días, pero después todo sigue como si nada. Aunque últimamente ya no me olvido y acumulo cierto rencor y pronto me gana el resentimiento. Pero llego hasta ahí. A lo sumo, hago la mía, no interactúo con los que me molestan y listo.

En general soy sociable y muchos me respetan, casi todos me respetan. No soy conflictiva, no me gustan los líos ¿sabe? Pero me pasó algo raro que jamás, le juro, padre, jamás me creí capaz. ¿Cómo pude cometer semejante atropello? ¿Vio que hay gente que vive diciendo “si lo agarro lo reviento” o cosas así, por el estilo? Yo jamás sentí eso, nunca, se lo juro, padre. Aunque sentí el fastidioso comentario retumbando en mi cabeza. Debí haber dicho algo en ese momento y no lo dije. No aclaré las cosas como me gusta hacer ante situaciones parecidas. Me conozco y sé que si pongo los puntos sobre las íes me calmo y me siento satisfecha por haber dicho lo que hay que decir. Pero, entonces, como no lo hice quedó una angustia atravesada en la garganta que, con el correr de las horas se fue transformando en dolor, luego en rencor hasta que salió desde adentro toda esa podredumbre de la manera menos pensada.


Cuando hoy por la mañana abrió la puerta de la sala donde estábamos y entró con su cordialidad habitual, me trasformé de repente en una bestia, sin ningún control. Un impulso me llenó de ganas de reventarla a trompadas para cobrarme la humillación que sentí el día anterior. Eso hizo que me levantara de la silla y la agarrara de los pelos de atrás, cerca de la nuca para tener su cara bien cerca de la mía y al alcance de mi mano. Solo quería cagarla a trompadas, pero no en cualquier lado, quería reventarle el ojo izquierdo con mi mano derecha, dejárselo negro por los golpes. Lo extraño es que ella no se defendía, y yo seguía pegando y pegando trompadas. Mi única intención era reventarle el ojo, solo uno, el izquierdo, que le quedara hinchado, desfigurado. Los que vieron la escena se levantaron con ímpetu para agarrarme, pero no podían detenerme. Y yo solo pensaba en hacerle mucho daño. No, no la iba a matar. Sabía adónde quería llegar. A reventarle el ojo izquierdo. Eso quería. Y eso hice.


Ahora la veo. Alrededor del ojo tiene como un globo a punto de explotar, lleno de moretones. Y ella no me denunció. Aunque esto no quedará así, como si nada. Seguro que voy a recibir una sanción por lo que hice. Había muchos testigos en ese momento. Pero nada me detuvo. Ahora yo la miro con el ojo así, hecho pelota, sin poder creer que fui yo la que la dejó en ese estado. Ella me mira desconcertada y no me habla. Pero, no sé, padre, yo la veo ahí, y la verdad, la verdad, padre, es que vengo a confesarme. Pero no por haberle reventado el ojo. No. No es eso. Lo que me pasa es que, si bien no volvería a hacerlo nunca más, me ocurre algo que yo no puedo dejar de confesar: no tengo ningún remordimiento.

Mónica Cataldo (1960, Argentina). Escritora.

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