José Napoleón Hernández / ILUMINACIONES

Auto ficción del número Pi

Es mi segundo nombre, aunque es el primero. Papá encontró para su último hijo un nombre que pateara fuerte, de vocales rudas. Así me contó mamá luego que había multiplicado los abrazos. Los abrazos cálidos con los que he andado toda la vida. No necesité llevar trajes durante las mudanzas, como un recién nacido, por lo que no permanecí en un solo sitio. Tal vez esto lo heredé de mis padres, errantes. Creo que su diversión, como una aventura, era mudarse de lugar. Andaban felices como si buscaran la tierra prometida. En cada mudanza dejaban los soles tostados, pero nunca con ansia de regresar. En ningún tiempo pude ignorar esto, siempre quise regresar, como Joe Cocker en la canción Up where we belong: “Live their lives, looking behind”.

Después de tantas mudanzas, años después, fui tras los números, conocí a Gauss, interpreté la partitura de su campana y sucumbí ante las exactitudes. Quise encontrar a Newton bajo el árbol; y estudié la fuerza que tumbó a la manzana, el método de las fluxiones y las series infinitas. Al mismo tiempo, Borges, persuasivo en El libro de arena, me convenció de las paradojas de los números. De los números, existí; luego, tras las letras, me desesperé. De ellas aprendí los agujeros negros en El Túnel de Sábato, mientras Goethe reflejaba la teoría de color y los minerales que tenían la forma de la figura de Möebius. Intenté cabalgar con Humboldt en una tortuga gigante hasta La Teta de Niquitao. Unos dicen que llegamos y encontramos el díctamo real entre los frailejones; otros, que nos devolvimos de El Alto de La Cruz.

Por todo esto, de mi nombre, quizá no heredé la fortaleza de aquel corso, homónimo; o tal vez la heredé a ratos, solo cuando la lluvia humedece el nido o cuando el camino sufre entre los cerros.

Así, tal vez mi vida ha sido un descenso, desde chico, desde El Alto de La Cruz, siempre desde… De allá bajaba hasta la escuela, con los pies arropados de barro colorado. El barro continúa, pero ahora es gris. Cuando descendía, disfrutaba colocando los ojos sobre la antena transmisora de Radio Turismo, tan alta. Otras veces los alargaba tanto, hasta la meseta de La Beatriz, llena de plantaciones de tomates.

Una vez me pregunté sobre lo que tengo. De lo que tengo, bastante, o mejor, de todas las cascadas, necesito unas gotas.  De la vida, prefiero el cuerpo entero; como pregonaban los estoicos; y del cuerpo entero, los huesos. Sin embargo, solo recuerdo las cimas, simas y frailejones.

De lo que aparecerá, no será una ausencia herida. Lo qué disfruté: un surco desértico ya florecido. Mañana extrañaré los senderos perezosos y a los que estuve acostumbrado. De mis padres; extrañaré, aunque es una frase callosa, lo perdurable de la línea recta.  De los libros: los libros son infinitos como los números, como el número pi. Hallé los números regados por todas partes. Encontré el número pi disuelto en la poesía. De los libros, solo los que me afilaron; de los que no he leído, tal vez adivine sus secretos. Años después, las páginas que he borrado se enredarán entre mis pasos. De los que nunca leeré, viajarán tardíamente en un barco fenicio desde Alejandría; desde el faro, desde la biblioteca y los entregarán, sin espera, a los timotocuicas.

De acompañante, anduve a tientas numerosas veces, traspapelado como un pésimo actor, no regresé al punto de partida. Y reconocí la otra orilla, enmudecí. Por una ribera, a veces rodé por los peñascos; por la otra, olvidaba las aguas resentidas. Llegaron dos retoños y una astromelia de los incas de seis pétalos; al mismo tiempo, llegaron los filones de rocas felices y nunca más se marcharon.

Soy mi carne salada como el sudor punzante. Más arriba, sobre los crepúsculos, me esperan los inciensos sin olor. ¿Sabrá el universo que existo? Entonces, a todo grito, pierdo el tiempo que no me pertenece. Estaré al acecho como versos en el número pi de Wyslawa Szymborska. 

Con mi segundo nombre; primero, segundo.

Vela

Lo más grande que ha forjado el mundo,

es lo mínimo, minimalismo.

La luz, el tiempo: la vela.

Lo más pequeño habita dentro,

las verticalidades que huyen

y las grietas horizontales

despiertan los sueños de Freud.

Borde caluroso convertido en silueta,

los blancos enfurecen

los amarillos roen los blancos,

encendidos, ya no son los mismos 

ahora buscan flores incandescentes.

Minimalismo,

donde los genes son arquetipos,

como una antorcha que continúa encendida,

¿hasta cuándo?, pregunta el anciano;

hasta la niñez, contesta el niño.

De la luz, de la voz de luciérnaga, sabía desde el génesis

con los cocuyos en su madriguera, sabía desde el génesis,

todo lo sabían, hasta los reflejos de las tumbas egipcias.

Unos callaban, otros morían,

Ahí dentro, la vida nunca se ahoga.

Es lo sidéreo, lo más grande,

reflejos, eres ahora, vela,

lo más grande.

Noche

Noche,

es la vida a mediodía.

Luna, cliché, difícil de narrar

luna que no sea espejo del pasado, dijo Borges

donde juega la noche con la noche

aún no vulnerable. Noche.

Es la vida muriendo en otro tiempo,

noche,

como el tiempo que terminó pasado mañana.

Es la poesía que se vuelve poesía,

una madre extenuada

sin dar un paso, sin tierra ni grutas.

Es el sol apagado a mediodía

descubriendo lo que nunca descubrieron,

ni los sumerios ni los modernos.

La poesía, la noche,

las fauces a mediodía.

José Napoleón Hernández (Venezuela): Poeta. No proviene de oficio literario, es ingeniero geodesta, pero pretende buscar la palabra fermentada para devolverla tejida o disuelta en terrones duros y rústicos. Nació en un pueblo diminuto, El Alto de La Cruz, Carvajal, Venezuela, allá donde Los Andes, que van desde muy lejos, descienden hasta alcanzar los aires cálidos.  

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