Ricardo León Mejía Ibáñez / ILUMINACIONES

Viajes

Tarde de viernes soleada. El cansancio me recuerda el recorrido realizado para llegar hasta allí. No fue un viaje muy largo, pero, la hora y el clima, me han dejado solo las ganas de llegar a la casa para descansar. Algunas personas mientras viajan, disfrutan ver el paisaje a través de la ventana, yo, por el contrario, prefiero conversar o dormir, sin embargo, no ha sido el caso.

En mi niñez cuando viajaba, casi siempre lo hacía de noche ya que el lugar de destino era lejano. Doce, trece, catorce horas o más, metidos en un bus, eran preferibles en la noche que bajo la inclemencia del sol. Además, el silencio de la noche, interrumpido solo por el murmullo del motor o el estruendo sordo de las trompetas de los buses y camiones, era para mi encantador. Poco a poco me iba durmiendo anestesiado por la atmósfera inusual, en ocasiones, compartiendo el asiento con mi hermana, en otras, sobre las piernas de mis papás. Ambas situaciones las disfrutaba gracias al sentimiento de felicidad de poder viajar, poder visitar a mis familiares, ver a los primos, ir al mar… Cambiar por un tiempo de lugar. Desplazarme a otra parte era de por sí agradable, pero se potenciaba al saber que viajaba con mi familia. Nunca he sido mucho de viajar solo, pese a que, a estas alturas, ya tengo más viajes acompañado únicamente por mis pensamientos y personas desconocidas que por seres queridos. El tiempo ha pasado y en su transcurrir se ha llevado consigo todos esos momentos, se ha llevado personas de mi lado dejándome, ahora, inundado de recuerdos.      

Llegué a la terminal de transporte y el calor dentro del bus era insoportable, pues afuera el sol no daba tregua. Estaba allí para encontrarme con mi novia, pero faltaba una hora para que eso aconteciera. Ella todavía en camino y yo allí con ese calor que parecía traído por los viajeros de lugares con temperaturas más altas. Busqué donde sentarme a descansar, pues la mayoría de buses en los que viajo, se han convertido en lugares donde no quiero estar. Ya no me arrulla el vaivén del bus y el zumbido del motor, sino que soy despertado por la música, muchas veces estridente, que lleva el conductor. Resguardado del sol inclemente, me senté al lado de unas personas y sus maletas, y con el paso de los minutos me di cuenta que estaban allí por la misma razón que yo; la espera. Se trataba de una pareja de adolescentes acompañados por dos niños de unos cinco y once años. De repente, el joven me pregunta por el tiempo que se demora el viaje hasta Turbo —en ese instante corroboré su nacionalidad—, le contesté que seis horas, pero luego de pensarlo mejor, corregí; le dije que eran más o menos ocho.

Unos minutos más tarde llegaron cuatro personas adultas. Traían pan en una bolsa. Lo repartieron entre ellos, aunque a algunos no les apetecía. Según escuché ya estaban hastiados de comer pan. Viéndolos ahí reunidos descubrí que todos eran de la misma familia pues el parecido saltaba a la vista.

—Salimos a las once y estamos llegando más o menos a las seis— dijo una de las señoras.

—Vamos a ir a ver qué encontramos para comer— dijo la otra.

Ambas se fueron en compañía del esposo de una de ellas y regresaron con un pollo asado, en una bolsa plástica, que fue repartido entre los miembros de la familia para calmar el hambre y cambiar el menú de pan que habían tenido, vaya uno a saber hacía cuántos días.

Me encontraba allí siendo testigo de la escena, mientras comían, algunos de pie, otros sentados, conversando sobre la experiencia que habían tenido otras personas conocidas en el mismo viaje que ellos ahora emprendían. Pensé que, seguramente, por eso habrían decidido emprender la travesía con toda la familia, incluidos los más pequeños. Pasaba el tiempo de mi espera junto a la de ellos y se notaban tan confiados y entusiasmados que por un instante pensé: si tuviera un espíritu más aventurero, les pediría que me dejaran acompañarlos. Supongo que este pensamiento llegó a mi mente por el recuerdo de esos viajes largos en familia. Esos viajes de noche en los cuales miraba a través del cristal de la ventana y solo veía la nada alumbrada por la luna. La añoranza de un tiempo pasado, de la compañía de las personas queridas con las cuales ya nunca me encontraré, pero, además, el deseo de continuar compartiendo con las personas importantes en mi vida y con las cuales me gustaría seguir viajando hasta el final del camino. 

Ricardo León Mejía Ibáñez (Colombia, 1987). Escritor. Licenciado en Filosofía y Profesor.

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